miércoles, 10 de septiembre de 2008

Sin rostro, de Marco T. Polo S.



“Qui gladio occidit, gladio occisus erit”



“Y he aquí que uno de los que estaban con Jesús, tirando de la espada, hirió a un enviado del príncipe de los sacerdotes, cortándole una oreja.
Entonces Jesús le dijo: Vuelve tu espada a la vaina, porque todos los que se sirvieren de la espada por su propia autoridad, a espada morirán”.
(MT.26.51-52)


1


La primera vez pude ir reconstruyendo su rostro secreto desde el papel de oficio caratulado y vuelto libelo, de mi despacho. Mi corazón estaba sumergido aún en el vórtice oscuro de la nueva legislación que nos borraría del mundo.
Se que eran los primeros años noventa porque luego, estaría en todo su furor la cacería del capo que a diario con el bloque de búsqueda reemplazaba en los medios de comunicación cualquier noticia.

Como deben colegir, les diré, que yo era parte de esa comedia jurídica, mediática, que a alguien se le ocurrió representar como una ficha de rompecabezas y que desde el 91, el engendro comenzó a usar como enseña el puzzle amarillo que impulsó el tío Sam, como aggiornamento copiado de Italia, para reprimir la vendetta de una nueva cosa nostra que amenazaba con destruir no la institución, sino la humanidad de cada funcionario empacado en esos ternos oscuros, que también serían reemplazados por ridículas togas negras de anglos ajusticiadores.

Aunque algunos no estuviéramos de acuerdo.

A punto de escapar ya de éste infierno, para refugiarme en los libros, éramos el peor remedio de una enfermedad que estimuló el país del norte.

Desapareceríamos como humanos.

Seríamos innominados, ocultos, oscuros tras los vidrios blindados vueltos espejos para los reos, en esas cabinas, que reproducían y pervertían nuestras voces, distorsionándolas, haciéndolas miserables, como las de un ratón Mickey.

Las ocho horas de labor, en el edificio del Ley. (Nombre alusivo no a la justicia sino al mercado de venta popular, ubicado en plena zona negra de la calle once con décima. Rodeada del circulo de cabalgaduras metálicas que avanzaban en tropel infinito sobre el ruido infernal humeando atracadores y mendigos, lupanares y cafetines de hampones con restaurantes de traficantes e hipócritas de la justicia, almacenes de recién nacidos y primeras comuniones o bodas que iban ampliando el otro círculo, en escasas dos cuadras, con el del poder de obispos, magistrados, senadores y el jefe de toda la Caína recibiendo en todas sus cabezas los detritus de las palomas de la paz, apestadas en la plaza mayor). Se incrementaban al doble en las madrugadas de allanamientos y capturas que fueron acreciendo el miedo de los habitantes de la ciudad, con un grupo paramilitar de negros robocops, adjunto a la institución que pulverizó la comprometida tranquilidad de los otrora jueces de instrucción.

Los eternos viajes de los Caprice, como blancos blindados en rutas colectivas, nos convertían en secretos escolares pérfidos todas las mañanas, con las motocicletas adelante y atrás abriendo vía, y violando aún mas el catastrófico transito capitalino que perforaba la úlcera de la justicia que antaño al menos había sido de humanos.

Nos volvían un pedazo de copia, un trozo de patria cercenada por rubios hombres con sus veladas ayudas económicas, que pretendían transformar a rabulescos diocesillos en simples policías electrónicos, con radios, beepers, teléfonos móviles y armas de fuego y un número serial que debíamos llevar en rígida estadística.

Digo, eso era, al momento de comenzar a recuperar su rostro secreto del mamotreto polvoriento. Porque de todas maneras, había hecho consciente la supuesta labor de dioses que entraña administrar justicia. Lo repetía a veces a los cagatintas, para que aterrizaran y se dieran cuenta que no eran nada. Que la materia prima de esa, nuestra diaria labor, por el contrario, era ni más ni menos que el crimen. Y no olvidaran lo untuosa que es la miel.

Muchas cosas mas les decía, al punto que algunos años después, antes de la insubsistencia, como un sindicalista del círculo infernal, escribiría el memorial de agravios de los Fiscales Desechables.

De todas formas, me sentía excluido ya.

Fuera de la oscura ratonera que se empeñaban en llamar justicia.



2

Su rostro a diferencia de cualquiera de los dirigentes de la revolución del cincuenta y nueve en la isla, no llevaba barba.

Es más, en la fotografía de la tarjeta decadactilar de registraduría, aparecía como cualquier colombiano. Es decir, con ese rostro de guerrillero que llevamos todos en la cédula de ciudadanía, que es el único signo de igualdad nacional de cualquier ciudadano de los años setenta.

Parecía mas bien de una revolución mas vieja, como escapado de un batallón de Pancho Villa, a quien solo le faltaban las cananas cruzadas sobre el pecho. Porque en lugar de barba ofrecía un bigote espeso, cual si tuviera que ver con el otro Marx.

Por eso su rostro así recuperado no intimidaba, como no intimidó el de su jefe desaparecido hasta hoy en una avioneta, que en un vuelo incógnito se perdió buscando la paz y la halló en la eternidad de las selvas Chocoanas, también, con su bigotito de mariachi, con su gesto alegre y su palabra festiva de costeño que pegó en su rostro con sorna, la nariz de Cyrano.

Como sí debió haber intimidado a cientos o miles de colombianos de las montañas, nuestra versión de guerrillero. En los llanos que limitan el sur del Huila y se pierden hacia abajo buscando el Caquetá y la oscura e infernal amazonía, donde habitó su corazón en la sangre y las tinieblas, como un dios de la oscuridad, gobernando el horror, mucho antes de tocar la gloria del poder legislativo, donde al menos debió hablar del campo como todo buen político, sin que sus oscuras historias brillaran con la luz.

Esas, muchas, fui releyendo del catalogo de sus proezas, que estaban en el sumario y que entendí normales en cualquier ser humano metido en tal ejercicio.

Todas, menos una.

Participó en la compra masiva de 1.000 fusiles Fal y organizó su trasladó del Karina al avión de Aeropesca que acuatizó en las playas del Río Orteguaza y que se observaba encallado como el fósil ridículo de una película futurista de ficción.

En osadas tomas a pueblitos desprotegidos de verdaderas seguridades estatales, acribillando soldaditos bachilleres, o remontando cordilleras para llegar a tiempo en defensa del comandante en jefe del momento, en las montañas del Cauca.

Los hurtos con fines sociales a la multinacional Nestlé, a quien secuestraban a cada rato sus camiones lecheros para repartir a las gentes humildes en remotas veredas, sorprendía a los mismos grupos armados.

Al leer su historia desde un sumario, se establece que la mayor gloria de éste simple campesino estaba en haberse ubicado al lado de los más pensantes, porque era notoria su ramplona y hasta perversa ignorancia, sumada a portar armas en su permanente estado de ebriedad, en los nueve anillos de su seguridad personal por donde se pavoneaba frente a su joven guardia de niños matones, de milicianos coartados por el terror o de rasos soldados con el corazón vuelto acero.

Para no entrar en equívocos debo decir, que fui de los funcionarios más imparciales, porque pesaba a su favor el que en los años setenta hubiera ejercido la militancia que me prohibió la lectura de Borges para impedir mi intelectualismo. Hoy era un simpatizante crítico, irónicamente dedicado a la literatura de los mundos de aparente ficción, que me dotaron de una verdadera sensibilidad y formación humanista real, que iba mas allá de los códigos, a una Criminología Crítica levantando los derechos humanos que Cesare Beccaría había empuñado contra la inquisición que se hacía llamar derecho, penetrando en la hondura de adquirir un nuevo concepto que lo humanizara, apoyado en las ideas del rebelde filosofo Michael Foucault.

El gobierno había solicitado pronunciamiento inmediato de los procesos que cursaban contra miembros del desmovilizado ejército subversivo capturados hace poco y que se acogían a la amnistía y los fiscales sin rostro que teníamos los casos de terrorismo a cargo, debíamos dictaminar sobre cada uno, para que el choque de manos de Hobo Huila donde se pactó la paz con el presidente poeta hacía ocho años, se cristalizara en algo, pues de parte y parte quedaba sellada mas bien, de nuevo, la historia de sangre que ha sido la paz, en el palacio de justicia o en el asesinato del guerrillero mas amado por las Colombianas, con el aciago disparo en el avión, por paramilitares que segaron como siempre el socorrido trapo blanco.

Al estudiar el proceso observé y comprendí todas sus historias delictivas, rebelión, asonada, terrorismo y hasta bajas en combate.

Todas, menos una, como dije.

El grave y repetido caso de horror, fuera de combate, con sevicia a la víctima, en estado de indefensión e inferioridad que no podía lavar la ley con la amnistía.

3

Tres guerrilleros rasos lo presentaron al jefe que casi yacía recostado en la hamaca con varios morrales de plástico verde que pretendían hacer servir de almohada. El leve humillo que todavía salía del rescoldo del fogón no lograba rebasar la altura de los árboles que sombreaban el cambuche y lo mimetizaban en esas fauces oscuras y lacrimosas de la selva, en un campamento provisorio de un diámetro de veinte metros a la redonda, el noveno círculo de su seguridad, donde se había desmatonado el piso y desyerbado y construido las trincheras que se elevaban de la superficie por las barricadas de los sacos de arena.

La casucha que cubría el rancho de cocina con un techo de tejas de paroy de color negro, parecía conservar el calor pese a dar la impresión de ser una rancha de juegos para infantes, que se continuaba por los lados y alrededor en extraños escaños de madera casi verde que se ajustaban a los troncos de los gruesos árboles con alambres y uno que otro clavo, como si fueran las sillas de recepción del trono del rey menesteroso, que se ubica en frente, mientras suena un corrido sureño de México en una grabadora plástica y a su lado tres jóvenes milicianos mas, hacen de coperas y centinelas del bigotudo, que se esfuerza por seguir pronunciando bien las palabras o acentuando el tono de mando, pese a los estragos notorios del alcohol.

__Ehh, onde o trae… los hombres con signos evidentes de cansancio, se esfuerzan también en conservar cierta arrogancia militar y hablan recio por encima del despecho que se lee de las notas musicales y palabras que vuelan y se pierden aún mas, por los agujeros oscuros de la fronda. Porque su fuerza no es mas que la casualidad nacida de la debilidad de los otros.

__Comandante, para informarle que el prisionero se encontraba haciendo inteligencia en la vereda del Bobo. En tanto lo empujan con la trompetilla del fusil, el hombre asustado hasta la palidez, pretende entender la escena.

__Seg biologist… Dice sin que se note que alguien entienda lo que el hombre ha expresado con su atuendo de dril caqui, las botas de gruesas suelas de color café y una cámara que pende al pecho.

__Que hace aquí malpa…ido espía… Le responde al comandante afirmando su poder en tanto se limpia las fauces con la manga del uniforme camuflado.
El hombre duda un momento, pensando en acertar si es que le surge la palabra que rebusca en su cerebro en español y lo conecte definitivamente con el santo y seña de su salvación.

__...pajatdo…

__Que dieee, eesste …jueputa… Comienza a molestarse el comandante. Mientras los captores pretenden complementar su informe.

__Mi comandante, el informante de la vereda del Bobo, dice que éste tipo venía en un campero inglés, que se quedó bloqueado en la trocha y dizque estaba tomando fotos.
Al escuchar la ultima palabra, el hombre rubio expresa una sincera sonrisa con sus profundos ojos azules y señala la mandíbula de su captor.

__Yes, yes, foto, foto. Newspaper biologist…

__Ah, inglé.. y e..pía con la cámara . Se yergue el comandante en la mitad de la hamaca como celebrando poder hablar, mientras sigue sentando con los pies colgando, como si hubiera culminado una investigación. El hombre sin sonrisa ya, vuelve a explicar pegado a la esperanza de lo que logra entender.

__Spia no, no. Pajatdo..

__Que di..e é..te ma i cón, les espeta el comandante a sus hombres, con la convicción de que no obtendrá respuesta.

__Pajatdo.. pajatdo… sigue repitiendo angustiado el hombre señalando con la cámara hacia los árboles, como buscando algo que vuele para retratarlo.

__Que pàjatdo ni que hiju…utas. U..ted lo que e.. es un … mal…arido espia…inglé..

__Pajatdo, pajatdo… sigue repitiendo el hombre rubio, cuando el comandante harto de no entender se levanta y le propina un puntapié en los testículos que descuajan al grueso gigantón sobre sus rodillas. Y de nuevo como si el alcohol lo hubiera dotado de agilidad, levanta otra vez la pierna y con la suela de sus botas de campaña pisa su cabeza contra el piso que es un barro amarillo mezclado de hojas y raíces.

__Ca..te… ca..te y lo dejo i… le dice el comandante levantando un dedo al cielo, mientras sigue en pie al lado de la cabeza del hombre enterrada en el barrial.

El monigote que es ahora el hombre, levanta un poco la mirada que sigue siendo azul a través del maquillaje de barro y mira entre sorprendido e implorante.

__Newspaper…. Pajatdo… foto… y deja caer su cabeza sobre el barro de nuevo en un sollozo que le arrebata los últimos trozos de dignidad.

__Ca..te ju..puta.. ca..te y se va.

__Co..que… es..pia inglés…inglés. Se le escucha de nuevo al comandante.

__No, no ingles, responde el hombre.

__No inglés… no inglés. No espía. Y llora como lloran todos los despojados de su personalidad al ser torturados.

__Pi…or en..to… que…

__Nonglés, nonglés ento… que…

__Griiii..nngo, peor, peor..Dice el comandante regresando a la hamaca, mientras le hace una seña a uno de los captores para que se encargue y mientras un guerrillero lo levanta de su infame posición el otro comienza a interrogarlo de nuevo alistando el fusil por la culata como si fuera a golpearlo otra vez…

__Gringo, Cia, espía…

__Gringo, yes, gringo, Newspaper… pajatdo.

__Comandante el hombre dice que es un fotógrafo de pájaros… que…El comandante le hace señas para que insista…

__Dice el comandante que si confiesa ser de la Cia, lo deja libre. Y mueve los brazos como si fuera a volar.

__Pajatdo yes pajatdo, pajatdo… Y también, mueve los brazos manifestando con una leve sonrisa la alegría de la comunicación humana.

El comandante que está viendo la escena de nuevo traga el contenido de un pocillo de campaña y se levanta torpemente desabrochando la pistola de la cintura. Con ella en la mano, la desasegura con lentitud como un aprendiz y luego pretendiendo cierta agilidad, acelera sus movimientos, va hasta donde está el hombre, lo rodea y desde la parte posterior del rubio, al lado de su oreja le desgaja un disparo, que tira al hombre de nuevo a tierra.

__....El rubio no sabe si está vivo o muerto. No entiende si su nueva situación boca arriba mirando los árboles y las caras oprobiosas del ebrio y su risotada y la de los otros captores amenazándolo con sus fusiles, puede ser escena del mas allá o de la vida.
Lo levantan de nuevo, según la seña del comandante, quien simula congeniar ahora con él y le toma el rostro con la mano y luego pretende con un toque al hombro, abrazarlo…

__Gringo, cante y se va… No se haga matar, cante gringo… Le dice el interrogador.

__No espía, no cia, pajatdo…

El comandante, perdida su paciencia da una nueva señal y el rubio hombre comienza a ser casi arrastrado con la cabeza vuelta al comandante como pidiendo una explicación, como implorando clemencia a un borracho perdido en el bar de un barrio de matones.

Lo llevan a escasos doscientos metros, a una explanada donde se ve el agujero rectangular de tierra casi roja con el fondo húmedo de agua que se ha empozado. Le han quitado la cámara y le vacían los bolsillos sin dejarlo volverse ya y mientras un guerrillero le señala a lo profundo de la selva para distraerlo en un mínimo gesto de piedad, el otro le dispara a la mitad del occipucio y el fotógrafo norteamericano inicia un vuelo infinito hacia el cielo que comienza a reflejarse a trechos con lapos de luz que penetran hasta el fondo del agujero que es ya su tumba.

__Comandante, comandante… aterrado, casi con lágrimas regresa corriendo el matador, llevando un carné amarillo y documentos de una billetera.

__Era de la National… era fotógrafo… era periodista… y llora.

__No.. eg… digo… se ..hi..jo mata… e ju…puta… pob…na…a .se hi…jo ma…tá.

4

No puedo dejar de confesar el horror y la rabia que por primera vez en la vida, originó la aflicción causada a un gringo y como si aquel fuera de mi familia, con las armas a mi favor, de inmediato procuré hacer justicia, para intentar aplacar los terribles sabores amargos conque la lectura del proceso habían marcado mi corazón.

La justicia pretende ser mediadora entre el dolor de los deudos, su deseo de venganza y el criminal. Y termina al final con una vindicta social permitida que es la condena, que no satisface ni a Dios ni a los hombres.

Pese a mi verdadero dolor, no me declaré impedido.

Por el contrario suscribí al gobierno en el acta, que el personaje no era merecedor del indulto, porque legalmente no lo era.

Agregué, que el homicidio había sido cometido con los agravantes de indefensión e inferioridad de la victima y con la sevicia de un borracho, por lo que nuestro héroe ameritaba una de las más altas penas del código.

Con la vindicta social consumada, pude tener algo de reconciliación con los hombres y llegar a estudiar otros casos antes de abandonar el barco de Caronte.

Pero juzgar aniquila.

Entendí entonces, que el norteamericano al haber sido víctima de desaparición forzada, extrañamente se comunicaba con mi situación y valoré el hecho frente a la administración de justicia, para atreverme a concluir una comparación perversa.

El hombre rubio de quien no recordaré sus señas perdidas en el sumario, y el Fiscal que era yo, estábamos unidos en el infinito del olvido que es la muerte.

Entonces, fuimos innominados, ocultos, oscuros tras los vidrios blindados vueltos espejos para los reos, en esas cabinas- tumbas, que reproducían y pervertían nuestras voces, allá en la selva, distorsionándolas, infamándolas, como las de un ratón Mickey perdido en cualquier agujero rectangular de tierra amarilla, húmeda, en la selva oscura de la ignominia. En las tinieblas del corazón de los hombres.

Como ser humano y funcionario también, yo sufría por arte de la ley otra desaparición forzada.


5
Pasaron años de la libertad que el gobierno le otorgo injustamente al reinsertado.
Incrédulo, cada vez crecía en mí el deseo de abandonar la comedia de la justicia.
De vez en cuando miraba los diarios y veía la fotografía del amnistiado y se me representaba el rostro con cara diversa. Escondiendo la que yo en secreto conocía. La de un simple mortal que mató a otro ser humano. La de un campesino armado. Este ahora, departía con las autoridades del Huila con sus guardaespaldas oficiales.

Lo extraño de la justicia de los hombres, lo llevó a ser miembro de la asamblea que reformó la constitución, donde efectivamente cabíamos todos.

Luego fue candidato a la duma del departamento.

No se si ejerció.

Yo no tenía que perdonarle porque no era su victima.

Pero tengo que admitir que algo en mi lo resistía. Algo que nunca fue rencor. Pese a la oscuridad de mi corazón.

No entendía eso si, cómo ese hombre con sombrero Suaceño tenía derecho a la felicidad. A veces pensaba si podía dormir o si por ello debía vivir cerca de la botella todo el tiempo, para adormecer los alaridos de su noche eterna.

Yo que había escuchado el odio de clase, tornaba a una filosofía de tolerancia, de conciliación con los hombres a los que ahora veía como polvo de estrellas, portadores del vestigio de dios.
Olvidaba.

A veces renegué de dicha creencia.

Confronté con mi experiencia y pude verificar que casi todos los que mataron con puñal fueron muertos por otro.

Como si fuera un juego me decía, que Dios se había equivocado, o las escrituras.

Que no era cierto eso de que el que a hierro mata a hierro muere.

Entonces ocurrió la segunda vez que fui reconstruyendo su rostro secreto, el que solo yo pude ir viendo salir del sumario, ahora, desde la página principal del periódico regional.

Fueron doce años los que habían pasado, desde mis descreídas veleidades.
Ya estaba retirado y había apaciguado el corazón.

Por el ridículo anuncio en el Diario, entendí que Dios manejaba muy bien la ironía.

Su primera página ilustrada con la fotografía del hombre sonriente, de sombrero, anunciaba que mientras departía whisky con políticos de la región, en vestido de baño, el ex guerrillero apodado Iparco el Charrito se había resbalado ebrio en una de las gradas que anteceden a la piscina de las aguas termales, en el Club de la Riviera y se había golpeado el occipucio muriendo de forma fulminante.


F I N

Camino a San Martín, de Germán Gaviria Álvarez

Después de una curva amplia, el bus entró en una recta y, en lugar de aumentar, disminuyó la velocidad. Observé por la ventana, justo cuando que frenó sobre la cinta amarilla, en medio de ambos carriles. El ayudante detuvo el cassette. El conductor se echó sobre el timón, segundos después, apagó el motor.


El hombre que unos puestos atrás venía cantando, guardó silencio.

Quienes íbamos sentados, estiramos el pescuezo para saber qué pasaba. Quedamos a la expectativa, como detenidos ante un precipicio. Hacia atrás, la carretera vacía; adelante, destacaba un grupo de hombres armados y con ropa militar.

Miré sus pies, respiré profundo. Llevaban botas de lona y cuero, no de caucho, típicas de los guerrilleros.

Un retén, pienso.

La mujer a mi lado se inclinó hacia el frente, y escudriñó por la ventana con sus brillantes ojos de pescado. Se mordió el labio inferior, agarró su bolso.

–¿Ejército o paramilitares? –susurré.

Su cara relucía por las cremas. Los pómulos se habían acentuado, parecían a punto de recibir una bofetada. Metí los lentes de sol entre el estuche, y lo guardé con los cigarrillos en el morral.

Algunos de los que se alzaron para ver, volvieron a sus asientos. Lo hicieron con lentitud, a sabiendas que debían levantarse de nuevo.

–Los Cuervos Negros –dijo alguien entre dientes.

No están nada mal. Tienen pinta de haber matado a muchos, me dije divertido por la situación. Estoy seguro que es un escuadrón del ejército. He sabido que suele usar nombres por el estilo.
La mujer a mi izquierda quedó a la espera, sentada y tensa, con los tobillos en cruz. Al costado derecho, unos metros más allá, media docena de llantas viejas al lado de una finca cercada con alambre de púa. Detrás, un vasto sembrado de maíz gigante.

El sol, despojado de la frescura matutina, caía con fuerza, como si hubiera perforado el cielo y quemara de manera directa.

–¿Ah, mi señora? –insistí.

En el bus se concentró el calor, sentí un violento deseo de orinar.

–Eso qué –dijo sin mirarme, y añadió en voz baja–: Mejor preocúpese de que lo dejen pasar. No les vaya a decir que va para San Martín, es territorio de ellos. Tenían que aparecer, justo cuando falta tan poquito para llegar. Lo hacen a propósito, sólo para jodernos.

Estaba seria y desdeñosa. Apretó en sus manos el bolso como si alguien se lo fuera a quitar.
Después de unos minutos, dos hombres gruesos con el arma lista y cachucha militar, subieron y nos miraron. Esperamos a que hablaran.

–¡Todos fuera! ­–ordenó uno de ellos.

Su rostro era duro, su boca ancha y carnosa. Daba la impresión que la cuchilla de afeitar había sacado de lo profundo de la piel una tersura infantil. Debía tener veinte o veinticinco años de edad. Llevaba el cabello al rape, su pecho abombado y potente semejaba el de un palomo. Me sorprendió la blancura de sus dientes, la pulcritud de su uniforme militar.

Tomé el morral, bajé lentamente y en silencio, como los demás.

–Las mujeres aquí, los hombres allá. Sin chistar –mandó otro.

Los dos hombres armados revisaron el bus por dentro. Uno de ellos puso el cassette, subió el volumen.

Sonó La copa rota, de Alci Acosta.

Conté a los tipos que apuntaban con sus armas. Dieciocho, a lo mejor otros tantos apostados a lado y lado de la carretera.

Ordenaron dejar en el suelo las maletas y los paquetes que llevábamos. Nos movimos hacia el arcén sucio de papeles, botellas plásticas, patas de cigarrillo.

De la música ahora se oía un murmullo.

Otro hombre dijo que nos alineáramos en silencio y nos quedáramos quietos. Los comentarios cesaron.

Esperé a que inspeccionaran cada centímetro y nos dejaran ir.

Vaciamos los bolsillos, hicieron una requisa minuciosa. Otro grupo de hombres, con las armas colgadas del hombro, revisó los paquetes, las maletas, los morrales.

Apareció una camioneta cuatro por cuatro, gris, de vidrios negros. Descendieron tres tipos. Dos de ellos con armas y pertrechos militares. El otro, también con ropa militar, llevaba lentes oscuros, una pistola al cinto y el sombrero en la mano. Era mediano, fibroso, de cabeza alargada, pelo ralo. Su bigote, espeso y entrecano cubría los labios.

Se puso el sombrero con el ala derecha doblada hacia arriba. Caminó hacia nosotros con energía, las manos abiertas y apoyadas en la cintura. Los otros lo siguieron rezagados.

Cuando llegó hasta nosotros, sacó una libreta del bolsillo de la camisa de manga corta. Pasó revista detenidamente. Siguió hacia el grupo de mujeres y volvió donde nosotros estábamos. Percibí su olor a lavanda. En medio del calor fuerte, sus sienes no largaban una gota de sudor.
Sabes lo que va a pasar. Lo has leído en libros, revistas y periódicos.

Vas a presenciar un espectáculo.

Lo mismo, pero diferente, te dices.

Recuerdas la toma de la Universidad dos días atrás. Saliste corriendo como un conejo ante una jauría de lobos hambrientos. Eres un cobarde. Habrías podido unirte a los demás profesores e impedir que la policía entrara a la Universidad y se acercara al estudiante muerto.

Dijeron que el muchacho llevaba un revólver. Se justificaba que la policía le hubiera disparado. Pero no es cierto, lo viste. Sólo cargaba la mochila llena de papas explosivas.

Lo recuerdas bien, te importa un carajo. Que la policía allane la Universidad, que siembre cuanta evidencia le dé la gana, te dices.

La imagen del muchacho derrumbándose contra la reja, cruza ante tus ojos.

El de la libreta comenzó con el grupo en el que me encontraba. Alzó la barbilla, llamó con voz alta y clara.

De varios nombres que dijo, dos personas respondieron con poquedad. Hizo una seña, se movieron al frente. El primero, era el hombre que subió con una niña de diez o doce años unos kilómetros atrás. Llevaba sombrero de paja, iba sin afeitar y la camisa vinotinto se abombaba en su espalda. La pernera muy ancha del pantalón oscuro, tapaba sus zapatos. El segundo, era un tipo rubio de cabeza fina y tez desleída. Llevaba lentes oscuros, camisa a rayas rojas y negras, zapatos de goma.

–Vayan para allá –ordenó el hombre.

Se quedaron quietos.

Como si lo hubiéramos calculado, los demás pasajeros dimos un paso atrás. Dos hombres empezaron a empujarlos con sus armas hacia las llantas viejas.

–No hice nada, patroncito. No soy informante, lo juro por Dios y por mi niña, patroncito –dijo el hombre escuálido estrujando el sombrero.

Hablaba tan bajo, que apenas podía escucharlo. Trató de ir hacia el hombre de la libreta; se lo impidieron.

Antes de llegar donde estaban las llantas, el de la camisa a rayas, que caminaba dócil, dio media vuelta. Agarró sorpresivamente el arma con que el hombre lo empujaba, y forcejeó para arrebatársela.

Sonó un tiro del fusil.

El de la libreta se detuvo. Sacó la pistola. De tres zancadas llegó donde los hombres se insultaban con furia y se daban patadas. Los demás, les apuntaban con sus armas.

Sonó otro tiro.

–¡Viva la guerrilla! –gritó el hombre.

El de la libreta le disparó en la frente, cayó al piso. En seguida, le disparó en el pecho al hombre con el que forcejeara, quien aplastó al de la camisa a rayas.

Oí gritos, pies que corrían, movimiento de armas.

–¿Algún otro que esté con la guerrilla? –dijo el de la libreta.

Se quitó los lentes oscuros. Puso una mano en la cintura, y regresó con paso firme hacia donde nosotros estábamos. A cada uno nos miró a los ojos. Los suyos eran gruesos y negros, como los de un caballo.

En su ceja derecha, brillaba un chisguete de sangre.

No pude soportar su mirada.

Instintivamente, me volví hacia donde estaban los dos hombres abatidos. Las piernas del tipo de la camisa a rayas temblaban. El otro yacía inmóvil en su posición torcida de medio lado.

El hombre del pecho escuálido, estaba de rodillas. Gemía, apretaba el sombrero.

Jamás habías visto los ojos de un asesino. ¿Te hacen gracia? ¿Estás contento, te causa una ‘extraña fascinación’ lo que acaba de ocurrir?

No.

Empiezas a entender que, en este viaje, buscas la muerte. Estás harto de la vida que llevas. Viste caer al estudiante y deseas morir así. Pero aquellas piernas temblorosas dicen que no. Prefieres vivir, sentir aire en los pulmones.

El hombre guardó la pistola en la cartuchera. Siguió hacia el grupo donde se encontraban las mujeres, alineadas como nosotros. Llamó a lista.

Salió una mujer gruesa, bajita, de cabello corto.

–¿Usted qué me dice, madrecita? –dijo el de la libreta.

–Me sapiaron. A esa gente le vendí un lote y para no pagar lo que deben, dijeron que soy de la guerrilla. Se lo juro, no es verdad. Pero no le voy a suplicar, no le voy a dar ese gusto. De todos modos me va a matar así como hizo con mi marido. Caín, hijo de mala madre. El infierno lo confunda.

Caminó hacia el maizal, no dejó que la empujaran. Cuando pasó al lado de los hombres baleados, se detuvo y dijo con voz quebrada:

–¿Por qué no lo rematan? Por caridad cristiana. No sean tan animales.

Nadie contestó.

El de la libreta hizo una seña, cerré los ojos. Oí tiros y gritos.

Las piernas me fallaron y caí de rodillas. Sentí el bluyín empapado por mis orines. Alguien me jaló del brazo, dijo que me quedara derecho. Su voz nasal entonaba acento llanero. Lo miré con atención. Tenía la piel seca, tostada. Era delgado. En su nariz sobresalía un morro como si se la hubieran partido.

–¿Ahora sí nos van a dejar ir? –susurré.

Apretó los labios.

Yo había vomitado, sentía en la boca un sabor agrio. Miré hacia el maizal.

El hombre que subiera al bus con la niña, al parecer había corrido, y quedó engarzado en el alambre de púa. El cuerpo de la mujer estaba medio oculto por el pasto, cerca de las llantas, boca arriba.

Observé las manos grandes y nudosas del peón a mi lado. Tenía las uñas crecidas y astilladas. Cada uno de los dedos envueltos en trapos sucios. La camisa y el pantalón de tela, roto y manchado. Debe ser un raspachín, pensé deteniéndome en sus brazos color chocolate.

Los gritos se apagaron.

La mujer que viniera a mi lado, tenía los brazos cruzados y miraba la escena. Me gustó verla allí, distinguida entre aquellas mujeres atemorizadas y con ropa vistosa. Recordé sus párpados cerrados, su boca entreabierta vuelta hacia mí antes de que el bus se detuviera.

Se llamaba Emelina de Lancheros, según se presentó.

Ansié caminar hasta el morral, coger un cigarrillo, sentir el humo en mi garganta. Cuando di el paso, la mano grande del raspachín me tomó del hombro. Escuché su voz, inaudible casi, como si lo hubieran cogido del cuello:

–Ni se le ocurra, señor.

Su mandíbula huesuda se contrajo y me ofreció una sonrisa incompleta. Bajo la piel de su cara, serpeaba un color verdoso cargado de miedo.

–Ni se le ocurra. No con el Capitán.

Algunas mujeres lloraban. La niña del hombre muerto, oprimía la mejilla izquierda contra el estómago de la mujer embarazada. Tenía la mano metida en la boca. Miraba al que aún le temblaban las piernas y aguantaba un muerto encima.

Entre varios recogieron los cuerpos, los arrojaron sobre las llantas.

–Entreguen documentos –ordenó el de la libreta.

Alguien pasó con una bolsa negra de plástico, y la llevaron al interior de la camioneta de vidrios polarizados.

Era medio día cuando volvió el de la libreta. Su paso era marcial y envarado. Martilló algunos nombres y apellidos, y agregó:

–Los que llamé, vienen con nosotros. Los demás se largan.

Avanzó unos pasos, dijo algo al que tenía un potente pecho de palomo. Éste dio una orden. Los hombres armados se movieron. Regaron gasolina sobre las llantas viejas, y los cadáveres.

Prendieron fuego.

–Perdone, Capitán –dije.

El hombre había dado media vuelta e iba hacia la camioneta con las manos en la cintura. El viento soplaba hacia donde estábamos. Olía a carne y a llanta quemadas.

–¿Puedo hablar con usted un momento, por favor?

–No –dijo, y me dio la espalda.

Quise abogar por la mujer que viniera a mi lado, Emelina de Lancheros.

Mi nombre y el de unos pocos no figuraba en su libreta. Miré hacia donde ella estaba. Tenía el rostro desencajado, los ojos llorosos, como si hubiera recibido una bofetada.

Es tu única oportunidad de ayudarla, maldita sea, me dije.

–Por favor –insistí, anhelante por ella, feliz de haberme salvado.

El de la libreta giró el tronco, y quedó de medio lado. Hizo un gesto con el brazo, vi el arma en su mano y siguió andando.

Reventó un tiro, me deslumbró, sentí un violento ramalazo en la cara.

Quise levantarme, echar a caminar.

La luz murió, y no volví a saber de mí.








viernes, 5 de septiembre de 2008

Historias "Sin rastro" en la Noche de Narradores

Con Francisco Coloane en entrevista

El próximo miércoles 10 de septiembre, a partir de las 6 de la tarde, el programa Noche de narradores tendrá como invitados en su novena sesión a Jorge Eliécer Pardo, Marco Polo Salcedo y Germán Gaviria, ganador y finalistas, respectivamente, del Concurso de cuento Sin rastro, organizado por la Fundación Dos mundos.

En esta sesión, se proyectará una entrevista realizada por Claudia Alamo, al escritor chileno Francisco Coloane.

Lugar: Biblioteca Universidad Central Sede Centro (carrera 5 # 21- 65). ENTRADA LIBRE.

Al final disfrute de un buen café.

Mayor información:
Departamento de Humanidades y Letras
Universidad Central
Carrera 5 # 21-38
Conmutador: 323 9868 Ext. 312 / Telefax: 3423790
Correo: prensa_humanidades@ucentral.edu.co

lunes, 25 de agosto de 2008

Una noche de cine y literatura

Con Apocalypse now y El corazón de las tinieblas en “Noche de narradores”

UNA NOCHE DE CINE Y LITERATURA

El próximo miércoles 27 de agosto, a partir de las 5 de la tarde, la octava sesión del foro-tertulia “Noche de narradores”, será dedicada a la relación entre cine y literatura. En esta ocasión, se proyectará el largometraje Apocalypse now, dirigido por el director norteamericano Francis Ford Coppola.

Con el apoyo del programa “El club del libro”, se dialogará sobre la novela El corazón de las tinieblas, del escritor polaco Joseph Conrad.

En el intermedio un buen café.

Lugar: Biblioteca Universidad Central Sede Centro (carrera 5 # 21- 65). ENTRADA LIBRE.

Mayor información:
Departamento de Humanidades y Letras
Universidad Central
Carrera 5 # 21-38
Conmutador: 323 9868 Ext. 312 / Telefax: 3423790
Correo: mailto:humanidades@ucentral.edu.co
humanidades@ucentral.edu.co
http://www.nochedenarradores.blogspot.com/

jueves, 14 de agosto de 2008

El viento agitando las cortinas en “Noche de narradores”

En la noche del miércoles 13 de agosto, el lanzamiento del libro de relatos El viento agitando las cortinas, del escritor bogotano Juan Carlos Rodríguez, estuvo a cargo su amigo Juan Álvarez. El foro-tertulia, que para esta sesión se realizó con apoyo del programa “El club del libro”, comenzó con la proyección de un fragmento de la entrevista realizada por Bernard Pivot al escritor norteamericano Vladimir Nabokov.

Juan Carlos Rodríguez fue presentado al público por su amigo Juan Álvarez, escritor que ya había presentado parte de su libro “Narcocorridos” en el foro-tertulia. Para referirse al libro El viento agitando las cortinas, Álvarez hizo constantemente alarde del hábito de lectura que posee el autor del libro. Al respecto afirmó: “Las cosas más aventuradas y bien logradas tienen que ver con el cuidado alrededor de la lectura”. En la presentación del libro, contenido por dos relatos largos y una novela corta, participaron también dos estudiantes de Periodismo de la Universidad Central.

En cuanto al libro, y de acuerdo con las preguntas hechas por algunas personas del público, el autor dijo que no toda redacción bibliográfica es literaria para aclarar que el no hace parte de los personajes del libro. Sin embargo, afirmó que uno siempre es lo que escribe, para ilustrar que la experiencia de un artista siempre impregnará algunas partes de su obra.

El autor, además, compartió con los asistentes al evento su experiencia al presentar el texto a diferentes editoriales, de las cuales lo único que logró fue mejorar la calidad del escrito.

En esta ocasión, la sala Carlos Medellín, de la biblioteca Sede centro de la Universidad Central, rebosó su capacidad gracias a la asistencia de estudiantes de las Facultades de Ciencias Sociales Humanidades y Arte e Ingenierías, además de la participación de ex alumnos del Taller de Escritores Universidad Central (TEUC).

Juan Diego Valencia Martínez

miércoles, 13 de agosto de 2008

Entrevista a Vladimir Nabokov

Tomado de: http://www.enfocarte.com/1.11/entrevista.html


Entrevista* a Vladimir Nabokov [1]
Traducción: Luis María Todó
Nabokov en 1923


"En mayo de 1975, coincidiendo con la publicación en Francia de Ada o el ardor, Vladimir Nabokov(*), uno de los novelistas más famosos e importantes del siglo XX, aceptó la invitación de Bernard Pivot, y acudió al programa "Apostrophes", uno de los más influyentes de la televisión francesa. La presencia de Nabokov en el plató era un hecho doblemente excepcional: por la calidad indiscutible del programa y porque Nabokov muy raramente concedía entrevistas."


Nabokov, como siempre hacía al conceder una entrevista, pactó la conversación por adelantado. Mientras se realiza el encuentro, Nabokov tiene todas sus respuestas escrupulosamente escritas en unas cuantas fichas.

-Buenas noches, señor Nabokov. Son las 21 horas 47 minutos y 47 segundos. Habitualmente, ¿qué hace usted a esta hora?

-A esta hora suelo estar bajo el edredón, con tres almohadas bajo la cabeza, un gorro de dormir, en mi modesto dormitorio que también me sirve de estudio. La lámpara de cabecera, muy fuerte, el faro de mis insomnios, todavía arde pero será apagada dentro de un momento. Tengo en la boca una pastilla de grosella, y en las manos una revista de New York o de Londres. La dejo, apago la luz. La enciendo, renegando en voz baja. Me meto un pañuelo en el bolsillo del camisón, y da comienzo el debate interior: ¿tomar o no tomar un somnífero? Qué deliciosa es la decisión positiva.

-Pero, ¿qué horario hace usted en un día normal?

-Tomemos un día de mediados de invierno. En verano hay más variedad. Me levanto entre las seis y las siete, y escribo con un lápiz bien afilado, de pie, ante el atril, hasta las nueve. Después de un frugal desayuno, mi mujer y yo leemos el correo, que siempre es muy voluminoso. Después me baño, me afeito, me visto, paseamos una hora por los floridos muelles de Montreux. Y después del almuerzo y de una breve siesta, el segundo periodo de trabajo hasta la cena. Éste es el programa típico.

-Cuando era más joven ¿ya hacía ese horario, o tenía arranques de pasión, impulsos que perturbaban sus días y sus noches?

-¡Ya lo creo! A los 26, a los 30 años, la energía, el capricho, la inspiración me llevaban a escribir hasta las 4 de la madrugada. Raras veces me levantaba antes de las 12 y escribía todo el día tumbado en un diván. La pluma y la posición horizontal han dado paso al lápiz y la vertical austera. Se acabaron los arranques. Pero, ¡cómo me gustaba el despertar de los pájaros, el canto sonoro de los mirlos que parecían aplaudir las últimas frases del capítulo que acababa de componer!

-Ya sabíamos que escribir es la pasión de su vida, pero, ¿concibe una segunda vida en la que no escribiera?

-Concibo muy bien otra vida en la que yo no sería novelista, inquilino feliz de una marfileña torre de Babel, sino alguien igual de feliz de otra manera, que ya he tanteado: un oscuro entomólogo que caza mariposas en verano, en países fabulosos, y en invierno clasifica sus descubrimientos en el laboratorio de un museo.

A pesar de que nació en Rusia, usted ha vivido y trabajado en Estados Unidos y en Europa durante muchos años. ¿Tiene algún fuerte sentimiento de identidad nacional?

Soy un escritor estadounidense, nacido en Rusia y educado en Inglaterra donde estudié literatura francesa antes de pasar 15 años en Alemania. Vine a Estados Unidos en 1940 y decidí convertirme en ciudadano estadounidense, y hacer de Estados Unidos mi hogar. Pasó de tal forma que me vi expuesto inmediatamente a lo mejor de lo mejor en Estados Unidos, a su rica vida intelectual y a su atmósfera despreocupada y generosa. Me zambullí en sus grandes bibliotecas y su Gran Cañón. Trabajé en los laboratorios de sus museos zoológicos. Adquirí más amigos que los que alguna vez tuve en Europa. Mis libros –viejos y nuevos– encontraron algunos lectores admirables. Me volví tan corpulento como cortés –principalmente porque dejé de fumar y lo sustituí con melaza y dulces, con el consiguiente resultado de que mi peso subió de mis 140 libras usuales a las monumentales y placenteras 200. En consecuencia, soy un tercio estadounidense –buena carne estadounidense que me mantiene caliente y protegida–...

-Le daré algunos detalles relativos al aspecto bastante cosmopolita de mi vida. Soy de una antigua familia rusa de San Petersburgo. Mi abuela paterna era de origen alemán, pero nunca aprendí esa lengua, no puedo leerla sin diccionario. Pasé los primeros veranos en el campo, en nuestra finca cerca de Petersburgo. En otoño íbamos al sur: Niza, Pau, Biarritz... Los inviernos en Petersburgo, ahora Leningrado. Nuestra magnífica casa de granito rosa sigue allí, en buen estado, al menos exteriormente, porque a las tiranías les gusta la arquitectura del pasado. La finca está situada en una llanura boscosa. Por la flora se parece al noroeste de América: bosques de álamos, oscuros abetos, muchos abedules y unas espléndidas turberas, multitud de flores y mariposas más o menos árticas. Esta fase totalmente feliz duró hasta el golpe de Estado bolchevique. Unos campesinos, en un exceso de celo quemaron el castillo y requisaron la casa. En abril de 1919, tres familias Nabokov, la de mi padre y la de sus dos hermanos tuvieron que abandonar Rusia vía Sebastopol, vieja fortaleza del infortunio. El ejército rojo procedente del norte invadía Crimea, donde mi padre era ministro de justicia en el gobierno provincial, durante el breve periodo liberal antes del terror leninista. Aquel mismo año, en octubre de 1919, yo empezaba los estudios de Cambridge.

-¿Cuál es su lengua preferida: el ruso, el inglés o el francés?

-En la lengua de mis antepasados me siento perfectamente cómodo, pero no lamentaré jamás mi metamorfosis americana. El francés, o mejor dicho, mi francés, que es una cosa muy especial, no se doblega tan bien al suplicio de mi imaginación. Su sintaxis me impide ciertas libertades que me tomo con las otras dos lenguas. Ni que decir tiene que adoro el ruso, pero el inglés lo supera como instrumento de trabajo. Lo supera en riqueza, en riqueza de matices, en prosa delirante y en precisión política. Una procesión de niñeras e institutrices inglesas viene a mi encuentro cuando vuelvo a mi pasado.

-¿Eso es una cita?

-Es una cita. Lo he sacado de una traducción muy buena... A los tres años hablaba mejor el inglés que el ruso, pero hay un periodo entre los 10 y los 20 años en que aunque leía a muchos autores ingleses, Welles, Kipling, Shakespeare, la revista The Boys on Paper, por citar sólo obras cumbres, hablaba muy poco en inglés. Aprendía el francés a los 6 años. La institutriz, Mademoiselle Cecil Miotton, estuvo con nosotros hasta 1915. Empezamos con EL Cid y Los miserables. Pero los tesoros estaban en la biblioteca de mi padre. A los 12 años ya conocía a todos los poetas benditos de Francia. "Recuerdo, recuerdo, ¿qué quieres de mí? / El otoño hacía volar al tordo a través de aire átono / el bosque amarillento donde la brisa desentona" . Y, es curioso, en tierna edad, yo ya comprendía que Verlaine no habría debido usar una rima tan incestuosa átona-desentona, tienen la misma raíz. Éste es el calendario de mis tres lenguas.

(...)

-El exilio, porque usted es exiliado, por doloroso que sea, ¿no es para los creadores como usted algo estimulante, una posibilidad de enriquecimiento para el espíritu, la sensibilidad creadora?

-Le explicaré cómo ocurrió. Después de pasar los exámenes de Cambridge, muy fáciles, de literatura rusa y francesa (había elegido bien) tenía el título de diplomado en letras que no me sirvió de nada en mis intentos de ganarme la vida sin escribir libros, de modo que me puse a escribir relatos, novelas, en ruso, para los diarios y revistas de emigrados en Berlín y en París, los dos centros de expatriación.

-¿En qué años más o menos?

-Viví en Berlín y en París entre el 22 y el 39.

-De acuerdo.

-1922 y 1939.

-Ya.

-Soy pedante con las fechas -risas-.

Sigo... Cuando pienso en aquellos años de exilio me veo a mí y a miles de rusos blancos llevando una vida extraña pero nada desagradable en la indigencia material y el lujo intelectual, entre aborígenes más o menos ilusorios, franceses o alemanes con quienes mis compatriotas no tenían el menor contacto. Pero de vez en cuando aquel mundo espectral donde exhibíamos nuestras heridas y placeres era presa de temibles convulsiones que nos mostraban quién era el cautivo desencarnado y quién era el amo. Eso ocurría cuando teníamos que prorrogar unos diabólicos carnés de identidad, u obtener, cosa que tardaba semanas, un visado para ir de Paris a Praga, o de Berlín a Berna. Los emigrados ya no eran ciudadanos rusos, y la Sociedad de Naciones les daba un pasaporte llamado Nansen, un papelote que se rasgaba cada vez que lo desplegabas. Las autoridades, los cónsules británicos o belgas parecían creer que poco importaba lo miserable que fuera un Estado, pongamos la Rusia soviética: cualquier fugitivo de ese Estado era más despreciable por el hecho de existir fuera de una administración nacional. ¡Pero no todos nos resignábamos a ser bastardos o fantasmas! Pasábamos de Menton a San Remo, por ejemplo, tan tranquilos, por senderos de montaña, conocidos por cazadores de mariposas y poetas despistados. La historia de mi vida, pues, se parece menos a una biografía que a una bibliografía: 10 novelas en ruso entre los 25 y los 40 años, y 8 novelas en inglés entre los 40 y ahora. En 1940 salí de Europa para ir a América y hacer de profesor de literatura rusa. De pronto me descubro una incapacidad total de hablar en público. Por tanto, decido escribir por adelantado más de cien conferencias anuales.

(...)

-Quisiera hacerle una pregunta que quizá juzgue algo íntima: ¿por qué vive en Suiza, en un hotel, en Montreux? ¿Por qué no en los Estados Unidos? Rechaza los Estados Unidos, la vida americana? ¿Rechaza la propiedad privada, o bien, eterno emigrado, se niega a quedarse en un lugar?

-¿Por qué el hotel suizo? Suiza es un país encantador, y la vida de hotel facilita mucho las cosas. Echo de menos América, y espero regresar para pasar allí al menos otros veinte años. La vida tranquila de una ciudad universitaria en América no presentaría grandes diferencias con Montreux, donde las calles son más ruidosas que en la provincia americana. Además, como no soy lo bastante rico, como nadie es lo bastante rico, para revivir totalmente mi infancia, no vale la pena instalarse para siempre. Porque es imposible recuperar el sabor del chocolate con leche suizo de 1910. Ya no existe. (...) Mi mujer y yo pensamos en una villa en Francia o Italia, pero el espectro de la huelgas de correo muestra todo su horror. La gente de profesión sedentaria, las ostras tranquilas, aferradas al nácar natal, no se dan cuenta de cómo un correo regular y seguro como el suizo alivia la vida de un autor, aunque la ofrenda de una mañana normal consista sólo en algunas cartas comerciales y dos o tres peticiones de autógrafos. Y la vista del lago desde el balcón, el lago Leman, ese lago que vale toda la plata líquida a la que se parece; es una mala metáfora.

(Sonrisas)

-Además del exilio y el extrañamiento, ¿cuáles son los temas principales de su obra?

-Además del extrañamiento, yo me siento forastero siempre y en todo lugar, es mi estado, es mi trabajo, mi vida. Me siento en casa entre recuerdos muy personales que no tienen relación alguna con una Rusia geográfica, nacional, física, política. Los críticos emigrados en París, y mis maestros en Petersburgo tenían razón, por una vez, al quejarse de que no fuera lo bastante ruso. Es así.Y en cuanto al tema de mis libros, ¡hay de todo!

-¡Usted me esquiva!

-Sí

-¿Para usted, una novela no es ante todo una buena historia?

-Eso es, una excelente historia. Pero mis mejores novelas no tienen una, sino más historias que se entrelazan en cierta manera. Pálido Fuego posee ese contrapunto, y Ada también. Me gusta ver el tema principal irradiando a través de la novela y desarrollándose en pequeños temas secundarios. A veces es una digresión que se convierte en drama en un rincón del relato. O bien las metáforas de un discurso elevado se unen para formar una nueva historia.

-¿Las historias que se inventan los novelistas (y pienso en un novelista llamado Vladimir Nabokov) las historias inventadas son más interesantes que las de la vida?

-Entendámonos: la historia verdadera de una vida también ha tenido que ser contada por alguien, y si es una autobiografía escrita con pluma pudibunda por un personaje sin talento puede parecer muy sosa al lado de una invención maravillosa como el Ulises de Joyce.

-¿Es su libro favorito?

-Sí, mi gran modelo.

-"Nabokov es Lolita", es la ecuación de siempre. ¿No acaba molestándole el éxito de Lolita, tan considerable que se puede pensar que usted es el padre de una única niña algo perversa?
Nabokov en 1971


-Lolita no es una niña perversa. Es una pobre niña que corrompen, y cuyos sentidos nunca se llegan a despertar bajo las caricias del inmundo señor Humbert, a quien una vez pregunta: "¿Siempre viviremos así haciendo toda clase de porquerías en camas de hotel?" Pero respondiendo a su pregunta: Su éxito no me molesta. Yo no soy Conan Doyle quién, por esnobismo o pura estupidez, prefería ser conocido como autor de una historia de África (risas), que imaginaba muy superior a su Sherlok Holmes. Y es muy interesante plantearse como hacen ustedes los periodistas, el problema de la tonta degradación que el personaje de la nínfula que yo inventé en 1955 ha sufrido entre el gran público. No sólo la perversidad de la pobre criatura fue grotescamente exagerada sino el aspecto físico, la edad, todo fue modificado por ilustraciones en publicaciones extranjeras. Muchachas de 20 años o más, pavas, gatas callejeras, modelos baratas, o simples delincuentes de largas piernas, son llamadas nínfulas o "Lolitas" en revistas italianas, francesas, alemanas, etc. Y las cubiertas de las traducciones turcas o árabes. El colmo de la estupidez. Representan a una joven de contornos opulentos, como se decía antes, con melena rubia, imaginada por idiotas que jamás leyeron el libro. En realidad, Lolita es una niña de 12 años mientras que Mr. Humbert es un hombre maduro, y el abismo entre su edad y la de la niña produce el vacío entre ellos; entre ese vacío, ese vértigo, la seducción, atracción de un peligro mortal. En segundo lugar, la imaginación del triste sátiro, convierte en criatura mágica a aquella colegiala americana tan trivial y normal en su género como el poeta frustrado Humbert lo es en el suyo. Fuera de la mirada maníaca de Mr. Humbert no hay nínfula. Lolita, la nínfula, sólo existe a través de la obsesión que destruye a Humbert. Éste es un aspecto esencial de un libro singular que ha sido falseado por una popularidad artificiosa.

(...)

-No sé por qué me gustan tanto los espejos y los espejismos. Sé que a los diez años me apasionaban los trucos de magia. La magia a domicilio con sus instrumentos: el sombrero de doble fondo, la varita con la estrella, el juego de cartas que entre los dedos se metamorfosea en cabeza de cerdo. (Pivot ríe) Sí, sí. Todo eso te llegaba en una gran caja de los almacenes Peto, calle de la caravana, cerca del Circo Cíniselli, en San Petersburgo. Dentro venía un manual de magia que enseñaba cómo hacer desaparecer o cambiar una moneda entre los dedos. Yo intentaba hacer esos trucos delante de un espejo, tal como aconsejaba el manual: "Ponte delante de un espejo". Y mi carita, pálida y seria, reflejada en el espejo, me aburría. Me ponía un antifaz negro que me daba mejor cara; pero nunca llegaba a igualar al famoso mago Mister Merlín , a quien solían invitar a las fiestas infantiles y de quien yo intentaba en vano imitar el parloteo, frívolo y engañoso, que mi manual quería que yo recitara para eclipsar mis juegos de manos. Parloteo frívolo y engañoso: he aquí una definición engañosa y frívola de mis obras literarias... Pero esos estudios de escamoteo no duraron mucho. "Trágico" es un término muy fuerte, pero hay algo trágico en el incidente que me hizo abandonar esa pasión, relegar la caja al cuarto trastero con los juguetes difuntos y los títeres rotos. Una tarde de Pascua, en la última fiesta infantil del año, no pude evitar mirar por la ranura de una puerta para ver cómo iban los preparativos que hacía el señor Merlín para su número de salón. Le vi que entreabría un secreter para meter tranquilamente, abiertamente, una flor de papel. Y la familiaridad de aquel gesto era innoble comparada con el hechizo de su arte. Yo entendía de ello, sabía qué ocultaba el frac ajado de un mago, y qué pueden hacer los magos. Ese vínculo profesional, vínculo de mala fe, me llevó a revelar a una primita mía, Mara Jevuska, en qué escondrijo hallaría la rosa que Merlín escamotearía en uno de sus trucos. En el momento crítico, la pequeña traidora, blanca y de pelo negro, señaló con el dedo el secreter, gritando: "¡Mi primo ha visto dónde la ha metido!" Yo era muy joven, pero ya distinguía o creí distinguir la expresión atroz que contrajo las facciones del pobre mago. Cuento este incidente para satisfacer a mis críticos perspicaces que declaran que en mis novelas el espejo y el drama andan muy lejos. Porque debo añadir: cuando abrieron el cajón que los niños señalaban entre burlas... la flor no estaba.

(Risas)

-¡Estaba sobre la silla de mi vecina! ¡Encantadora combinación, gloria del ajedrez!

-Es una historia muy bonita, preciosa. Si bien se mira, hay bastante erotismo en su obra.

-Hay bastante erotismo en la obra de cualquier novelista de quien se pueda hablar sin reírse. Lo que llaman "erotismo" es uno de los arabescos del arte de la novela.

-Lo que sorprende, sobre todo en Ada, es el gusto por el detalle: cada objeto en su sitio, la referencia exacta; todo es muy minucioso en sus libros, usted es un perfeccionista, y un aficionado a las mariposas; en Ada hallamos muchas veces su gusto por ellas.

-Excepto algunas mariposas suizas en Ada, me inventé las especies, pero no los géneros. Es un detalle simpático, ¿verdad? Sostengo que es la primera vez que alguien se inventa mariposas científicamente posibles en una novela. Se me podría responder: usted satisface al sabio y abusa de la ignorancia del lector sobre las mariposas, pues si se hubiese inventado un nuevo tipo de perro o de gato para los señores del castillo, la superchería hubiera irritado al lector, que habría tenido que imaginarse un cuadrúpedo bastante mitológico cada vez que Ada recoge al animal en brazos. Lástima que no haya intentado inventarme cuadrúpedos. Lo siento. Pero me inventé un árbol nuevo para el jardín del castillo. Algo es algo.

-Usted ha escrito este libro maravilloso, La Defensa, ¿es un buen jugador de ajedrez? Y hablando de ajedrez, ¿qué piensa de Fischer?

-Yo era un jugador de ajedrez bastante bueno. No un "Gross Meister" (literalmente Grueso Maestro) como dicen los alemanes. Pero era un buen jugador de círculo, capaz de tender una trampa a un campeón aturdido. Lo que siempre me ha gustado en el ajedrez son las trampas, los trucos ocultos. Por eso abandoné las partidas y me dediqué a la composición de problemas. No dudo que hay un vínculo íntimo entre algunos espejismos de mi prosa y el tejido brillante y oscuro a un tiempo de los problemas de ajedrez, enigmas mágicos, cada uno de los cuales es fruto de mil y una noches de insomnio. Me gusta componer los problemas llamados "suicidas" en los que las blancas obligan a las negras a ganar. Sí, Fischer es un ser extraño pero no tiene nada de anormal que un jugador de ajedrez no sea normal, que sea así. Hubo el caso del gran Rubinstein, a principios de siglo. Del manicomio donde solía vivir una ambulancia lo llevaba cada día a la sala del café donde se celebraba el torneo y después lo devolvía a su casilla negra, después del juego. No le gustaba ver a su adversario, pero una silla vacía más allá de su tablero todavía le irritaba más. Entonces ponían un espejo y el veía su reflejo o quizá al auténtico Rubinstein.

-Fischer es un caso de psicoanálisis.

-No, no, es un gran jugador de ajedrez que tiene pequeñas manías.

¿Alguna vez ha sido psicoanalizado?

¿He sido qué?

Sujeto a algún examen psicoanalítico.

¿Por qué, Dios mío?

Para ver cómo funciona esto. Algunos críticos han sentido que sus comentarios punzantes sobre la moda del freudismo, tal como es llevado a la práctica por los analistas estadounidenses, sugieren un desprecio basado en el conocimiento.

Conocimiento basado en los libros solamente. La experiencia en sí misma es demasiado tonta y desagradable para ser contemplada incluso como una broma. El freudismo y todo lo que ha contaminado con sus grotescas implicaciones y métodos me parece uno de los engaños más viles practicados por las personas sobre ellos mismos y sobre los otros. Lo rechazo totalmente, junto con otras cuestiones medievales que todavía adoran el ignorante, el convencional, o el muy enfermo.

-Me ha parecido entender que no aprecia a Freud.

-No es exacto. Aprecio mucho a Freud como autor cómico. Las explicaciones que da sobre las emociones de sus pacientes y sus sueños son de un burlesco increíble, pero hay que leerlo en la lengua original. No entiendo cómo se le puede tomar en serio. No hablemos más de eso.

-Los escritores políticos tampoco son sus autores de cabecera.

-Muchas veces me preguntan quién me gusta y quién no, entre los novelistas, comprometidos o no, de mi siglo maravilloso. Primero, no aprecio al escritor que no ve las maravillas de este siglo, las pequeñas cosas, la ropa masculina informal, el cuarto de baño que substituye al lavabo inmundo. Las grandes cosas como la sublime libertad de pensamiento en nuestro doble occidente. ¡Y la luna! Recuerdo con qué escalofrío delicioso, envidia y angustia, miraba yo en la televisión los primeros pasos flotantes del hombre sobre el talco de nuestro satélite y cómo despreciaba a quienes decían que no valí la pena gastar tantos dólares para pisar el polvo de un mundo muerto. Detesto pues a los divulgadores comprometidos, a los escritores sin misterio, a los infelices que se alimentan con los elixires del charlatán vienés. Aquellos que aprecio saben que sólo el verbo es el valor real de la obra maestra. Principio tan viejo como verdadero, y eso no ocurre a menudo. No es preciso dar nombres, nos reconocemos por un lenguaje de signos, a través de los signos del lenguaje, o bien, al contrario, todo nos irrita en el estilo de un contemporáneo detestable, incluso sus puntos suspensivos.

-Me han dicho que no le gusta Faulkner. Cuesta creerlo.

-¡No! No soporto la literatura regional, el folklore artificial.

-¿puedo decir que usted, para resumir un poco, tiene la cultura del sabio y además la ironía del pintor?

-Hay un rinconcito en la taxonomía entomológica que yo conocía muy bien, era el maestro, en los años 40, en el museo de Harvard. La ironía del pintor, eso no. La ironía es el método de discusión que usaba Sócrates para confundir a los sofistas; la inventó él y a mí Sócrates, entre otros, me cae muy mal. Por extensión, la ironía es una risa amarga. Mi risa es un chisporroteo bonachón que viene del vientre tanto del cerebro.

Nunca conoceremos el significado de la vida

"Si no hubiera escrito Lolita, los lectores no habrían empezado a encontrar chicas"

Tomado de: http://www.etcetera.com.mx/1999/332/ta0332.htm

Alvin Toffler[2]

¿Siente qué el doble éxito de Lolita ha mejorado su vida o la ha empeorado?

Dejé de impartir clases –éste es casi el único cambio–. Me gustaba mucho dar clases, me gustaba mucho Cornell, me gustaba mucho preparar y dar mis conferencias sobre escritores rusos y grandes libros europeos. Sin embargo, alrededor de los 60, y especialmente en invierno, uno empieza a tener dificultades con el proceso físico de enseñar, levantarse a una hora determinada, la lucha con la nieve en el camino, la caminata por largos pasillos hacia el salón de clases, el esfuerzo de dibujar en el pizarrón un mapa de la ciudad de Dublín de James Joyce, o la disposición de un vagón semidormido del expreso de San Petersburgo a Moscú a principios de la década de 1870, ya que sin entender esto ni Ulises ni Ana Karenina tienen sentido. Por alguna razón mis recuerdos más lúcidos se refieren a los exámenes. Un gran anfiteatro en Goldwin Smith. Exámenes de las 8 am. a las 10:30. Alrededor de 150 estudiantes: jóvenes sin lavarse y sin rasurarse y muchachas razonablemente bien arregladas. Un sentimiento general de tedio y desastre. Ocho y media. Pequeñas toses, limpiarse las gargantas nerviosas, que vienen en racimos de sonidos, el crujir de las páginas. Algunos mártires hundidos en meditación, con sus brazos entrelazados detrás de sus cabezas. Me encuentro con una mirada embotada hacia mí, viendo en mí con esperanza y odio la fuente de conocimiento prohibido. Una chica con lentes se acerca a mi escritorio a preguntar: "Profesor Kafka, ¿quiere usted que digamos que…? ¿O solamente quiere que contestemos la primera parte de la pregunta?". La gran fraternidad de sietes, la columna vertebral de la nación, escribiendo con prisa y a velocidad constante. Un crujido que se eleva simultáneamente. La mayoría da la vuelta a la página de sus cuadernillos de exámenes, buen trabajo en equipo. La sacudida de una muñeca acalambrada, la tinta que falla, el desodorante que ya no funciona. Cuando pesco miradas dirigidas hacia mí, inmediatamente se elevan al techo en un acto de meditación piadosa. Los cristales de la ventana se empañan. Los muchachos se quitan los suéteres. Las muchachas mascan goma en rápida cadencia. Diez minutos, cinco, tres, se acabó el tiempo...

Muchos lectores han concluido que el gusto prosaico que al parecer usted encuentra más estimulante es el de las costumbres sexuales de Estados Unidos.

El sexo como institución, el sexo como noción general, el sexo como problema, el sexo como una trivialidad; todo esto es algo que encuentro muy tedioso para las palabras. Mejor saltémonos el sexo.

Hablando del muy enfermo, usted sugirió en Lolita que el apetito de Humbert hacia las adolescentes es el resultado de una experiencia de amor no correspondida durante la infancia; en Invitation to a Beheading usted escribió sobre una niña de 12 años, Emmie, que está interesada eróticamente en un hombre que le dobla la edad; y en Bend Sinister su protagonista sueña que está "subrepticiamente disfrutando a Mariette (su sirvienta) mientras ella se sienta, encogiéndose un poco, en su regazo durante el ensayo de una obra en la que se supone que ella es su hija". Algunos críticos, al escudriñar sus obras en busca de pistas acerca de su personalidad, han mencionado este tema recurrente como evidencia de una preocupación insana de su parte con el tema de la atracción sexual entre chicas pubertas y hombres de mediana edad. ¿Siente que puede haber algo de verdad en esta acusación?

Pienso que sería más correcto decir que si no hubiera escrito Lolita, los lectores no habrían empezado a encontrar chicas en mis otras obras y en sus propios hogares. Me parece muy divertido cuando una persona, amable y educadamente, me dice –probablemente sólo con el fin de ser amable y educado–: "Sr. Naborkov", o "Sr. Nabahkov", o "Sr. Nabkov", o "Sr. Nabohkov", dependiendo de sus habilidades lingüísticas, "tengo una hija que se comporta como una Lolita". La gente tiende a subestimar el poder de mi imaginación y mi capacidad de desarrollar seres sucesivos en mis escritos. Y luego, por supuesto, está ese tipo especial de crítico, el demonio interesado en indagar lo humano, el vulgar divertido. Por ejemplo, alguien descubrió afinidades reveladoras entre el romance juvenil de Humbert en el Riviera con mis propios recuerdos sobre la pequeña Colette, con quien construía castillos de arena en Biarritz cuando tenía diez años. El melancólico Humbert tenía, por supuesto, 13 años y estaba en la agonía de una excitación sexual bastante extravagante, mientras que mi romance con Colette no tenía muestra alguna de deseo erótico y, por supuesto, era perfectamente común y corriente. Por supuesto, a los nueve y diez años de edad, en ese escenario, en esos tiempos, no sabíamos absolutamente nada acerca de los falsos hechos de la vida que ahora imparten a los infantes los padres progresistas.

¿Por qué falsos?

Porque la imaginación de un niño pequeño –especialmente un niño de ciudad– inmediatamente distorsiona, estiliza, o bien altera los asuntos extraños que se le cuentan sobre las abejas, y de cualquier forma ni él ni sus padres pueden distinguir entre una abeja y un abejorro...

Otro crítico ha escrito sobre usted que "la tarea de escudriñar y seleccionar justamente la correcta sucesión de palabras de esa memoria políglota, y de arreglar sus matices con múltiples reflejos hacia la yuxtaposición perfecta, debe ser un trabajo físicamente exhaustivo". ¿Cuál, de todas sus obras, en este sentido, diría usted que fue la más difícil de escribir?

Oh, Lolita, naturalmente. Me faltaba la información necesaria, esa fue la dificultad inicial. No conocía ninguna chica estadounidense de 12 años, y no conocía Estados Unidos; tuve que inventar Estados Unidos y a Lolita. Me había tomado como 40 años inventar Rusia y la Europa occidental, y ahora me enfrentaba a una labor similar, con menor cantidad de tiempo a mi disposición. Obtener tales ingredientes locales para que me permitiera inyectar una "realidad" media a la mezcla de imaginación individual probó ser, a los 50 años, un proceso más difícil que lo que había sido en la Europa de mi juventud.

¿Es cierto que usted escribe de pie, y que escribe a mano en vez de escribir a máquina?

Sí, nunca aprendí a escribir a máquina. Generalmente comienzo el día en un precioso y antiguo atril que tengo en mi estudio. Más tarde, cuando siento que la gravedad empieza a picarme en las pantorrillas, me siento en un sillón cómodo junto a un ordinario escritorio; y finalmente, cuando la gravedad empieza a escalar por mi espina dorsal, me recuesto en un sofá que está en la esquina de mi pequeño estudio. Es una rutina solar agradable. Pero cuando era joven, en mis 20 y principios de mis 30, solía a menudo pasarme todo el día en la cama, fumando y escribiendo. Ahora han cambiado las cosas. Prosa horizontal, verso vertical y glosa sedentaria continúan cambalacheando los calificativos y arruinando las aliteraciones...

¿Qué es lo que usted observa como su principal falla como escritor, además de la capacidad de olvido?

La falta de espontaneidad; la molestia de pensamientos paralelos, segundos pensamientos, terceros pensamientos; la inhabilidad de expresarme apropiadamente en cualquier idioma a menos que componga cada maldito enunciado en mi baño, en mi mente, en mi escritorio.

Actualmente podemos decir que le está yendo bastante bien.

Es una ilusión.

Su respuesta puede tomarse como confirmación de algunos comentarios críticos en cuanto a que usted es un "tomador de pelo incorregible", "un superchero", y un "agente provocador literario". ¿Cómo se percibe usted mismo?

Pienso que lo que más me gusta de mí mismo es que nunca me ha consternado la sandez o la ira de los críticos, y nunca en mi vida he pedido o dado las gracias a un corrector por su revisión. Lo segundo que más me gusta… ¿o debo mencionar sólo uno?

No, por favor continúe.

El hecho que desde joven –tenía 19 cuando salí de Rusia– mi credo político se ha mantenido tan frío e inmutable como una roca. Es tan clásico hasta el punto de la trivialidad. Libertad de palabra, libertad de pensamiento, libertad de arte. La estructura social o económica del Estado ideal me preocupa muy poco. Mis deseos son modestos. Las fotografías de los jefes de gobierno no deben ser más grandes que una estampilla postal. No a la tortura y no a las ejecuciones. No a la música, excepto aquella que venga de audífonos, o la que se toque en teatros.

¿Por qué no a la música?

No tengo oído musical, una carencia que lamento profundamente. Cuando asisto a un concierto –que ocurre más o menos cada cinco años– me esfuerzo resueltamente para seguir la secuencia y la relación de los sonidos, pero no puedo mantenerla por más de unos cuantos minutos. Impresiones visuales, reflejos de las manos en la madera laqueada, una asidua región rala en un violín, todo esto toma el control, y pronto me encuentro extremadamente aburrido por los movimientos de los músicos. Mi conocimiento sobre música es muy breve; y tengo una razón especial para encontrar mi ignorancia e inhabilidad tan lamentables, tan injustas: hay un maravilloso cantante en mi familia, mi propio hijo. Su gran don, la rara belleza de su tono grave, y la promesa de una carrera espléndida, todo esto me afecta profundamente, y me siento tonto durante una conversación técnica entre músicos. Estoy perfectamente consciente de los muchos paralelismos entre las formas de arte de la música y las de la literatura, especialmente en cuanto a la estructura pero, ¿qué puedo hacer si mi oído y mi cerebro se rehusan a cooperar? He encontrado un peculiar sustituto de la música en el ajedrez –más exactamente, en la composición de problemas de ajedrez–...

Se le ha citado diciendo: mis placeres son los más intensos conocidos por el hombre: cazar mariposas y escribir. ¿Son de alguna manera comparables?

No, pertenecen esencialmente a diferentes tipos de placer. Ninguno de los dos es fácil de describir a una persona que no los ha experimentado, y cada uno de ellos es tan obvio para el que sí lo ha hecho, que una descripción sonaría cruda y redundante. En el caso de la caza de mariposas, creo que puedo distinguir cuatro elementos básicos. Primero, la esperanza de la captura –o la captura de hecho– del primer especimen o una especie desconocida para la ciencia: éste es el sueño en la mente de cada lepidóptero, sea que se encuentre escalando una montaña en Nueva Guinea o cruzando un pantano en Maine. En segundo lugar está la captura de una mariposa muy rara o muy regional, que has contemplado perversamente en libros, en revistas científicas desconocidas, en las ilustraciones espléndidas de famosos libros, y que ahora la ves volar en su hábitat natural, entre plantas y minerales que adquieren una magia misteriosa a través de la íntima asociación con las rarezas que producen y soportan, de tal manera que un paisaje determinado vive dos veces: como un área deliciosamente inexplorada con derecho propio, y como la cacería de una cierta mariposa o polilla. En tercer lugar, existe el interés del naturalista en desenmarañar las historias de vida de los insectos poco conocidos, en aprender sobre sus hábitos y estructura, y en determinar su posición en el esquema de clasificación, un esquema que puede ser en ocasiones explotado con placer en un despliegue deslumbrante de fuegos artificiales polémicos cuando un nuevo descubrimiento altera el viejo esquema y confunde a sus campeones obtusos. Y cuarto, uno no debe ignorar el elemento de deporte, de suerte, de movimiento enérgico y proeza sólida, de fin de una búsqueda ardiente y ardua en el triángulo sedoso de una mariposa doblada que yace en la palma de la mano.

¿Qué hay acerca de los placeres de escribir?

Corresponden exactamente a los placeres de leer, la dicha, la felicidad de una frase se comparte entre el escritor y el lector: entre el escritor satisfecho y el agradecido escritor, o –que es lo mismo– entre el artista agradecido a la fuerza desconocida en su mente que ha sugerido una combinación de imágenes y el lector artístico a quien satisface esta combinación.

Todo buen lector ha disfrutado de unos cuantos buenos libros en su vida, así que ¿por qué analizar las delicias que ambas partes conocen? Escribo principalmente para artistas, amigos artistas y artistas seguidores. Sin embargo, nunca podría explicar adecuadamente a ciertos estudiantes en mis clases de literatura los aspectos de la buena lectura, el hecho de que lees un libro de un artista no con tu corazón (el corazón es un lector notablemente estúpido), y no con tu cerebro solo, sino con tu cerebro y tu espina. "Damas y caballeros, el hormigueo en la espina en realidad les dice lo que el autor sintió y quiso que sintieran". Me pregunto si alguna vez podré medir nuevamente con manos dichosas la amplitud de un atril y clavarme en mis notas ante el abismo comprensivo de una audiencia universitaria...

¿Existen algunos autores contemporáneos que disfrute leer?

Tengo algunos favoritos, por ejemplo, Robbe-Grillet y Borges. ¡De qué manera tan libre y gratificante uno respira en sus maravillosos laberintos! Amo su lucidez de pensamiento, la pureza y la poesía, la ilusión en el espejo.

Muchos críticos sienten que esta descripción se aplica de manera no menos apta a su propia prosa. ¿Hasta qué punto siente que la prosa y la poesía se entremezclan como formas de arte?

Con excepción de que empecé más temprano –esa es la respuesta a la primera parte de su pregunta–. En cuanto a la segunda: bueno, la poesía, por supuesto, incluye toda la escritura creativa. Nunca he sido capaz de ver ninguna diferencia genérica entre la poesía y la prosa artística. De hecho, me inclinaría a definir un buen poema de cualquier longitud como un concentrado de una buena prosa, con o sin la adición de ritmo y rima recurrentes. La magia de la prosodia puede mejorar lo que llamamos prosa al extraer el sabor completo del significado, mas en la prosa sencilla también hay ciertos patrones rítmicos, la música del fraseo preciso, el latido del pensamiento proporcionado por las peculiaridades recurrentes de la locución y la entonación. De igual manera que las clasificaciones científicas actuales, hay mucha superposición en nuestro concepto de poesía y prosa hoy. El puente colgante entre ellos es la metáfora.

También ha escrito que la poesía representa "los misterios de lo irracional percibidos a través de palabras racionales". Sin embargo, muchos sienten que lo "irracional" tiene poco espacio en una era cuando el conocimiento exacto de la ciencia ha empezado a sondear los misterios más profundos de la existencia. ¿Está de acuerdo?

Este aspecto es muy engañoso. Es una ilusión periodística. De hecho, mientras más grande sea la ciencia de uno, más profundo es el sentido de misterio. Más aún, no creo que ninguna ciencia de hoy haya penetrado ningún misterio. Nosotros, como lectores de periódicos, tendemos a llamar "ciencia" a la habilidad de un electricista o la jerigonza de un psiquiatra. Esto, en el mejor de los casos, es ciencia aplicada, y una de las características de la ciencia aplicada es que el neutrón de ayer o la verdad de hoy se mueren mañana. Sin embargo, incluso en el mejor sentido de la "ciencia" –como el estudio de la naturaleza visible y palpable, o la poesía de las matemáticas puras y la filosofía pura– la situación continúa tan desesperada como siempre. Nunca conoceremos el origen de la vida, o el significado de la vida, o la naturaleza del espacio y el tiempo, o la naturaleza de la naturaleza, o la naturaleza del pensamiento.

El entendimiento de estos misterios por el hombre está englobado en su concepto de un ser divino. Como pregunta final, ¿cree en Dios?

Para ser bastante cándido –y lo que voy a decir ahora es algo que nunca he dicho antes, y espero que provoque un saludable escalofrío– sé más de lo que puedo expresar en palabras, y lo poco que puedo expresar no habría sido expresado si yo no hubiera sabido más


* (1) Extraído de la serie de videos de Los Monográficos de Apostrophes, editados por Trasbals, ya distribuidos en España, y próximamente en América.

[1] (*) Vladimir Nabokov nació en San Petersburgo en 1899 y murió en Montreaux, Suiza, en 1977. Pertenecía a una antigua familia que tuvo que exilarse en 1919. Escribió primero en ruso y después en inglés. El éxito internacional le llegó gracias al escándalo que provocó su novela Lolita. Otros libros importantes de Nabokov son: Pnin, Pálido Fuego, Ada o el ardor y Habla, memoria. Así también sus Cursos de literatura europea, Curso de literatura rusa y Opiniones Contundentes.

[2] En 1963 Alvin Toffler entrevistó por escrito a Vladimir Nabokov. El resultado lo publicó la revista Playboy en enero de 1964. Estos son algunos fragmentos. Traducción: Carmen Navarrete.

Perros


Para Toño y Juan Fernando


La esquina está oscura, como si se hubieran fundido los bombillos de los postes en toda la cuadra, pero me tranquiliza ver que el semáforo funciona. Iluminado por el rojo protector de su luz cruzo la calle. ¿Las doce? Deberían pasar algunos carros... Parece que soy la única persona en la calle. Efecto lunes. Al rato viene una mini avalancha de carros, tres particulares a mil y dos taxis ocupados que andan todavía más rápido. Luego nada. Luego otra avalancha. Luego nada. Algún semáforo enloquecido debe estar causando estas pulsaciones. Ni un vigilante, ni un indigente, ni un borracho. ¿Un atracador? Ni eso... Se me pasan un par de taxis, van tan rápido que no alcanzo a estirar la mano.

Algo comienza a moverse al otro lado de la calle. Trato de enfocar mi mirada en la oscuridad. Son unos perros. Diez o doce. Cuando veo que quieren cruzar la calle me siento menos solo. No esperan el cambio de semáforo y están al lado mío en un momento. A medida que van llegando me rodean, quietos como estatuas, mirando hacia los que faltan por cruzar. No ladran ni gruñen, sólo esperan. Cuando sólo falta uno, oigo el chirrido de las llantas frenando en el pavimento y el golpe del carro contra el animal. Los perros y yo levantamos la cabeza, confundidos, y sólo atinamos a ver un carro alejándose. Hacemos un silencio total, no ladramos, ni gritamos, ni siquiera respiramos. Apenas nos quedamos quietos, esperando.

En la oscuridad apenas puede verse la silueta amarillenta del perro atropellado, tirado en la mitad de la calle. Quiero correr, recogerlo, ver si está vivo, pero la inmovilidad de los que me rodean es contagiosa. Lo único que hacemos es estirar nuestra nariz, aguzar el oído, esperar. Viene otro carro. Otra vez el ruido de las llantas y el timonazo para esquivar el bulto que está en el piso. Es un milagro que no le pase por encima. Tan pronto el carro se aleja, los sobrevivientes se van. Camino por el andén tratando de acercarme un poco y el animal comienza a chillar. Es un sonido largo, sostenido, que me eriza todos los pelos de la cabeza. El resto de la manada se detiene y espera un momento. Los chillidos no paran. Al rato los demás se van en grupo hasta la esquina y siguen calle abajo.

Bajo a la calzada, pero viene otro carro que me pasa muy cerca. Apenas alcanzo a subirme al andén. El perro deja de chillar y se incorpora despacio. No puedo creerlo. Camina cojeando hasta donde estoy. Sube al andén y nos miramos. Estiro mi mano hacia él. Cuando le toco la cabeza chilla y se aleja un poco. Le señalo la calle por la que se han ido los demás y camino en la dirección contraria. Después de unos pasos me doy cuenta de que viene detrás de mí. Sonrío: quizá lleguemos juntos hasta mi casa.

Publicado en el primer número de la revista El Perro, México, febrero de 2007.

Fragmento de "Contra el nudismo"

3.


Mentiría si dijera que descubrí esta particularidad anatómica a lo largo de mi larga experiencia amatoria. Quisiera pensarlo así, como en una película. Quisiera que algún día me hubiese sido dado desnudar a una mujer a pleno sol y haberlos encontrado. Quisiera haberlos descubierto, haber sido un anatomista comparable con los que estudiaron la estructura del cerebro o del sistema linfático. Quisiera que mi nombre estuviera asociado para siempre a este accidente de la espalda baja. Pero no, mi primer atisbo de lo que sería luego una obsesión llegó a través de los libros.


Cerca de uno de mis tíos vivía una mujer de unos treinta y cinco años. Con alguna regularidad se la veía en las reuniones familiares, era amiga de la esposa de mi tío y juntas trataban de asumir cierta seudoliberalidad dentro del breve margen de acción que permitía la clase media. Así, mi tía política tenía a su amiga Marta: soltera, independiente y libre, mientras que Marta tenía una confidente, una compañía con quien charlar por las tardes y una cómplice para cuando estaba en plan de levantarse a alguien.


Pasaban mucho tiempo juntas. Conocí su casa porque alguna vez que se fue a pasar un par de días en Cartagena con su novio de turno, nuestra tía nos pidió, a mi primo Jorge y a mí, que durmiéramos allá un par de noches para que no estuviera desocupada. Supuestamente seríamos una garantía de seguridad contra los ladrones, como si un par de culicagados de doce años pudieran haber detenido a Los norteños o a los R-15.


Estábamos en vacaciones de mitad de año, me llevaba muy bien con mi primo y a esa edad siempre estaba buscando alguna manera de dormir fuera de la casa. Así que armados de una Coca Cola litro (no existían las de 1.5, 2 o 2.5 litros y la palabra “megafamiliar” en esos días habría sonado a plan en Melgar) muchas papas fritas, salchichas en lata y un par de sánduches, nos instalamos en su casa. Curioseamos de tal forma que si Marta nos hubiera visto se habría indignado. Revisamos la casa centímetro a centímetro, sin saber muy bien qué buscábamos. Creo que ni siquiera tratábamos de encontrar nada, simplemente aprovechábamos la posibilidad de husmear en el mundo secreto de una mujer atractiva, soltera y mayor que nosotros. Nos imaginábamos quién sabe que vida loca, pero la primera exploración fue decepcionante: muchas Cosmopolitan, un ropero gigante y una alacena con muchas latas fueron nuestro inventario. Nos comimos una lata de carne de diablo, leímos en voz alta los artículos sobre sexo de las Cosmo y atacamos el último desafío: la exploración del ropero. Los dos sabíamos qué era lo que queríamos ver y sin mayores preámbulos atacamos el cajón en el que Marta guardaba su ropa interior. Los brassieres no fueron muy estimulantes, a pesar de la fijación adolescencial por las tetas. Las copas vacías no eran tan sugestivas, en vez de estímulo para imaginar lo que habitualmente las llenaba, nos lanzaban a la cara su carencia, su ausencia. Con el tiempo vine a entender que es una prenda demasiado funcional, falsamente erotizada por sus fabricantes y por las agencias de publicidad. Bueno, un corsé al estilo del siglo XVIII ya es otra cosa, pero nuestra Marta no llegaba tan lejos en sus gustos. Y precisamente por eso tampoco había ligueros, fajas de cuero ni cosas por ese estilo. De manera que pasamos rápidamente a los calzones y la cosa marchó mejor, muchísimo mejor. Gracias a uno de ellos viví una de las experiencias eróticas más fuertes que tuve en aquellos tiempos exclusivamente autosexuales. Pero eso fue la noche siguiente, en medio de un acto de travestismo íntimo y encerrado en el baño mientras mi primo dormía. Esa noche nos limitamos al repaso concienzudo de la colección personal de la vecina. Nada del otro mundo, supongo que se había llevado los mejores a su viaje. Mucho algodón, pocos colores, todo se mantenía entre el blanco, el negro y un azul tan tierno que ahora, al recordarlo, no puedo evitar uno que otro suspiro nostálgico. A medida que los íbamos sacando, tocando, oliendo y poniendo a contraluz, me entraron ganas de amontonarlos en la cama, desnudarme y revolcarme entre ellos hasta que la vida se me fuera. Pero estaba con mi primo, así que me tocó controlarme, limitarme a las risitas, a jugar con los elásticos, a la mutua confesión de que Marta estaba muy buena y cosas de ese estilo. Adolescencia del demonio, por fortuna abandonada para siempre.


Jorge se cansó del jueguito y dijo que me tenía una sorpresa. Me llevó hasta la cocina, donde habíamos dejado nuestras provisiones, y con una gran sonrisa sacó del fondo de su morral un six pack de Clausen (la única cerveza nacional en lata por esos días) y un paquete de Derby. Metimos cuatro cervezas al congelador, comenzamos a tomar las primeras aún tibias y cada uno prendió su respectivo cigarrillo. En el bar encontramos una botella de aguardiente Néctar e hicimos los submarinos de rigor. Nos emborrachamos con esa velocidad y esa euforia de las primeras veces, oímos música a todo volumen y yo tuve el valor de confesarle que estaba totalmente enamorado de Sandra, una niña preciosa que usaba un parche para corregir su estrabismo, a la que él y otros tres chiquicafres atormentaban en la ruta del colegio. Él no entendió por qué me gustaba tanto. ¿Se puede entender algo así, la sensación que nos produce una belleza que está más allá de la que todos pueden ver, precisamente eso indefinible que sólo uno y nadie más es capaz de reconocer? A pesar de eso me prometió guardar mi secreto y no molestarla más. Juntos imaginamos mil maneras de decirle lo que yo sentía. Valor de borracho, porque nunca lo hice. Muchos años después, cuando estábamos terminando el bachillerato, cada uno en un colegio distinto, me crucé con ella en la calle. Ni nos saludamos. Y sin embargo todavía me gustaba. Pero eso es otra historia. Esa noche terminamos jinchos, durmiendo vestidos en la cama doble de Marta.


Una de las pocas cosas que extraño de esa edad es la impunidad alcohólica, la casi imposibilidad de tener un guayabo. Podíamos emborrachamos como locos y levantarnos perfectos al día siguiente. Una vez se tiene el primer guayabo, la cosa se echó a perder para siempre. Me levanté con un poco de sed y después de tomar agua, mientras mi primo dormía profundamente, me dediqué a desparecer las evidencias de la noche anterior. Mi tío nos iba a recoger a las nueve de la mañana y como eran apenas las siete no desperté a Jorge, sino que me puse a curiosear en la biblioteca. No era gran cosa, unos treinta libros, la mayoría del círculo de lectores. Novelas de suspenso, libros de dietas, En forma con Jane Fonda y cosas de esas. Pero en una esquina, camuflada detrás de un disco de Julio Iglesias, había una mini colección de libros sobre sexo. Mi emoción fue absoluta, me lancé sobre el Diccionario visual del sexo y pasé ansiosamente página tras página. Ahí aprendí algunas palabras básicas para actos ya imaginados pero cuyo nombre técnico ignoraba. Cunnilingus. Fellatio. Palabras que alborotan en cualquiera el deseo de estudiar latín. Pedicabo ego vos et irrumabo. Ví fotos de Sex-shops, aunque los del libro eran más interesantes que los que años después visité en Chapinero. Andaba en esas cuando mi primo se levantó y compartí con él mi descubrimiento. Todavía lo recuerdo aterrado, señalándome el dibujo de una mujer que recibía sexo oral y diciendo “mire la cara que le pintaron, eso es exagerado” y yo “¡cómo que exagerado, una nena se puede enloquecer así si uno se la sabe chupar!” Hablaban los dos expertos, claro. Y si lo mío son los calzones, lo de mi primo eran las mamadas, no porque me haya pedido una, ni tampoco porque se hubiera ofrecido a hacérmela, sino porque aún lo recuerdo hipnotizado con una foto: una escena de un rodaje porno en la que a un hombre megavergón (iba a decir un pene grande, un príapo contemporáneo o cualquier babosada de esas, pero el tamaño y fortaleza del portento exigen cierta crudeza para expresar su poder) se la está chupando una mona con rizos amplios, de rodillas sobre la cama, mientras que un camarógrafo con jean y camiseta hace un ultraprimerísimoprimer plano de la acción bucal. Nuestra gran discusión se dio alrededor de la siguiente pregunta “¿Cómo hace el camarógrafo para que no se le pare?” Y nuestras ideas oscilaban desde “la tiene parada y no se nota” hasta “el man ya debe estar acostumbrado”. De nuevo, lo dos peritos debatiendo.


En la biblioteca secreta también estaba el libro del doctor Andreu, un sexólogo rumano con vocación de poeta. Podría esforzarme horas y no lograría alcanzar una metáfora medianamente cercana a las suyas, cosas del estilo “el valle almizclado del peregrino” para referirse a la entrepierna femenina, o “el extinguidor del incendio húmedo” para referirse a un buen pene dispuesto para la acción. Aunque en ese momento sus palabras eran el punto medio entre lo arrechante y lo risible, ahora creo que leer al doctor Andreu permite comprender por un momento esa ancestral relación entre los vampiros y la belleza. Como sexólogo creo que no era la gran cosa, pero ¿hay alguno que lo sea? Decidí llevarme uno de los libros para seguir leyéndolo en la casa, acababa de terminar ¿Por quién doblan las campanas? y no había decidido con qué seguir. Así que eché mano del más discreto, un volumen marrón de formato pequeño y con un desnudo artístico en la portada, Hacer el amor de Eric Berne: menos atractivo que los otros, salvo por la carátula, pero más camuflable. Que me iba a imaginar que ahí estaba esperándome el romboide de mi vida.


Después de almorzar me encerré en mi cuarto a leer el libro, al cerrar la puerta ya la tenía parada de la emoción, ah adolescencia, por desgracia ida para siempre, y comencé con la lectura más decepcionante de mi vida. Más que El general en su laberinto o The Buenos Aires affaire. El libro no era más que una larga perorata sobre las personalísimas opiniones del autor acerca de lo bueno que es tirar, cuando es bueno hacerlo y cuál es la etiqueta del sexo, como si una cosa así fuera aceptable. Que exista vaya y pase, pero que se reconozca por escrito su existencia, eso es otra cosa. Iba a dejar tirado el libro pero me salté cincuenta páginas y caí en otra parte, en la que el autor decía que el súmmum de la perfección del cuerpo femenino era el romboide de Michaelis, delimitado por la parte superior del coxis y los dos hoyuelos que hay en la baja espalda. Supuse que el límite superior de la figura se hallaba trazando una línea imaginaria desde cada hoyuelo, formando un ángulo idéntico al que define el vértice inferior. Por esos días mi clase favorita era la de geometría.


A lo largo de mi vida he visto con una mezcla de admiración y envidia a muchos personajes célebres: Paul Gauguin, Henri Matisse, Jackson Pollock, Cassimir Malevitch, Erik Satie, Gustavo Cerati, Trent Reznor, Manuel Puig, Francis Scott Fitzgerald, Stéphane Mallarmé, William Butler Yeats, Aristarco de Samos, Johannes Kepler, James Maxwell... Pero a ninguno tanto como al maldito Michaelis ese, del que sólo pude averiguar su nombre completo y su ocupación: Gustav Adolf Michaelis, óbstetra alemán. En el colegio habíamos hablado de los órganos sexuales, del coito, del ciclo menstrual, de las hormonas, pero jamás mi profesora de biología había incluido esa parte del cuerpo en sus clases de educación sexual. Mínimo ella tenía el par de hoyuelos sacros y no se había dado cuenta. A partir de ese momento comencé a buscarlo obsesivamente. Bueno, más que al mismísimo romboide, a los dos hoyuelos que en ocasiones lo adornan a lado y lado. En fotos, claro está. Pero nunca pude encontrarlos a pesar del voraz consumo de pornografía que caracterizó mi adolescencia.


Esa noche volvimos a donde Marta. Devolví el libro sin que Jorge se diera cuenta, y repetimos la borrachera. Como era de esperarse, en mi mente juvenil se creó una relación indisoluble entre Marta, el romboide y los dos huequitos. Me robé unos calzones azul oscuro de corte clásico y pasé tardes enteras acariciando con devoción el elástico, imaginando que había ceñido el romboide y tratando de calcular si los hoyuelos quedaban o no cubiertos por el borde del calzón. Cuando volvió de su viaje nos regaló a Jorge y a mí unos chocolates gringos, agradeciéndonos nuestra labor de vigilantes. Casi no me sale la voz de la garganta cuando tuve que darle las gracias.


Me obsesioné con ella y su calzón. Olfateé muchas veces el refuerzo de algodón, tratando de capturar cualquier vestigio de su olor íntimo. Rompí el elástico a fuerza de ponérmelos. El algodón comenzó a soltar motas de tanto sobarlo. Y si eso pasaba con la prenda, ni qué decir de la infinidad de cosas que Marta y yo hicimos en mi imaginación. Por desgracia la historia acabó mal. La esposa de mi tío invitó a Marta a una fiesta en su casa. Desde el comienzo fue la comidilla de mis tías. Que cómo se viene vestida así, con esa faldita, a una reunión familiar. Que veánla tomando trago como si fuera un hombre. Que mírenla cómo se ríe, cómo coquetea con todos. Justo las cosas que nos tenían a Jorge, a Roberto y a mí viéndola hipnotizados desde una esquina. Por culpa de ella no prestábamos atención a nadie más, sólo de vez en cuando Jorge y yo bailábamos con nuestras primas, que tampoco la querían mucho pero que al menos refrenaban sus comentarios. Roberto era el más libre de los tres: era el hermano menor de la esposa de mi tío y había tratado más a Marta, a fin de cuentas era amiga de su hermana. A sus diecisiete años lo tenía sin cuidado cualquier comentario. Esa noche bebió todo lo que se le atravesó y envalentonado la sacó a bailar cuando ya la fiesta estaba animada. No se soltaron más. Ella le dedicó toda su atención, todas sus risas, toda su coquetería. El ambiente se puso tenso: a mis tíos no les importó mucho y siguieron tomando whisky hasta emborracharse, pero a mis tías esto ya les pareció el colmo de la desfachatez. A mí se me rompió el corazón. En un acto desesperado la saqué a bailar en un momento en que Roberto se había ido al baño. Ella aceptó pero tan pronto él volvió, se soltó, me acarició la mejilla como si fuera un niño y siguieron bailando juntos. El resto de la fiesta me lo pasé en la cocina, intoxicándome a punta de vodka con jugo de naranja. Después de comer, Roberto fue a buscarme radiante de la emoción: Marta le había pedido que la acompañara a la casa.


En la familia no volvió a tocarse el tema y la esposa de mi tío dejó de hablar con ella. En un gesto de despecho total, del que luego me arrepentí muchas veces, boté el calzón azul, sin ser consciente de que era lo único que nos unía.